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Liliana Colanzi

"Mundos animales"

Si tuviera un superpoder, quisiera poder experimentar el mundo durante algunas horas

desde la perspectiva de otro animal. ¿Cómo sienten el entorno un loro, una anguila, un

gusano, un alacrán? ¿Cómo percibe un tatú el calor del sol, el olor de la tierra, los

gruñidos de los otros tatús, el paso del tiempo? Lo que para un ser humano no es más que

un día representa toda la vida adulta de una efímera, ese insecto alado que tiene 24

frenéticas horas para secarse las alas, escoger una pareja, tener sexo en pleno vuelo,

desovar si es hembra y caer muerta. Un perro reconoce el mundo a través de una

infinidad de olores muy complejos, mientras que una ballena puede llamar a otra que está

a cientos de kilómetros de distancia.

Uno de los más importantes zoólogos del siglo XX, el alemán báltico Jakob von Uexküll

se dedicó a estudiar el comportamiento de los animales. Hijo de una familia aristócrata

venida a menos, el barón von Uexküll perdió su fortuna durante la Primera Guerra

Mundial y se vio obligado a dar cátedra en la universidad de Hamburgo, en la que

desarrolló sus teorías más influyentes. Von Uexküll dice que estamos acostumbrados a

pensar en el mundo como una realidad homogénea que compartimos con el resto de los

animales. Sin embargo, cada animal se relaciona con su entorno de una manera que es

única a su especie: hay un mundo para la mosca, un mundo para la iguana, otro para el

jaguar. Al sistema de signos con el que cada organismo vivo “entiende” el entorno von

Uexküll lo llamó “unwelt” o mundo circundante.

“Llenan el universo refulgentes pompas de jabón. En cada una de ellas hay un mundo, un

mundo breve y humilde o suntuoso y amplio. No hay leyenda, no hay cuento que iguale

en fantasía a esos mundos de la vida”, dice von Uexküll en Cartas biológicas a una

dama. Y también: “No podemos conocer esos esquemas ajenos sino dentro del marco de

nuestros propios esquemas”. Estamos condenados a imaginar esos extraordinarios

mundos de los otros seres vivos sin poder jamás acceder a ellos: “Solo nos resta lamentar

nuestra incapacidad para pintar esos miles de mundos con sus propios colores, para oír

sus propios sonidos, para sentir sus propios espacios y sus tiempos propios. Pero

desconocemos por completo las sensaciones de otros sujetos”.

Un ser viviente que interesa a von Uexküll es la garrapata. La garrapata pasa sus días

encaramada a una rama, esperando el momento justo para saltar sobre algún animal y

beber su sangre. Ciega y sorda, se acomoda en un espacio gracias a que su piel reacciona

ante la luz. Apenas huele a un mamífero que pasa cerca de ella, se lanza sobre este: “si la

buena suerte lo hace caer sobre algo que emana calor (cosa que percibe gracias a un

órgano sensible a determinada temperatura), eso significa que ha alcanzado su objetivo,

el animal de sangre caliente, y entonces ya no necesita más que de su sentido del tacto

para encontrar un sitio lo más falto de pelos posible y hundirse hasta la cabeza en el

tejido cutáneo del animal. Ahora sí puede sorber lentamente un borbotón de sangre

caliente”.


La garrapata ni siquiera disfruta del sabor de la sangre: este ácaro carece del sentido del

gusto. Para la garrapata todo lo que importa es que el líquido que bebe tenga la

temperatura de la sangre de los mamíferos: después de comer, pone sus huevos y muere.

El mundo circundante de la garrapata está constituido por el olor del ácido buítrico del

sudor de los mamíferos, la temperatura de la sangre y el tipo de piel de estos animales.

Von Uexküll explica que un laboratorio científico fue capaz de mantener con vida a una

garrapata durante dieciocho años sin alimentarla: la garrapata, especula, estaría en un

estado de latencia similar al sueño de los humanos durante todo ese tiempo. El filósofo

italiano Giorgio Agamben, en su libro Lo abierto, retoma la anécdota de la garrapata para

preguntarse qué pasa con la garrapata y con su mundo durante esos larguísimos dieciocho

años: si un ser está definido por su relación con su ambiente, ¿qué ocurre cuando

sobrevive absolutamente privado de él? En otras palabras: ¿qué experimenta la garrapata

durante esos dieciocho años en los que no puede comer?

La historia de la garrapata me hace pensar en la ballena de 52 hercios. Este

espécimen ha sido detectado desde 1989 y canta en una frecuencia única, más alta que las

demás ballenas: puede haber sufrido una malformación o tratarse de un híbrido. El caso

es que, debido a la frecuencia inusual con la que canta, las otras ballenas no pueden

comunicarse con ella. Es posible que desde hace décadas este animal esté cantando por

todo el océano sin que ninguna otra ballena haya respondido a su llamado, lo que ha

provocado que sea bautizada como “la ballena más solitaria del mundo”. Pero quizás

estemos proyectándonos: ¿cómo saber si la ballena siente la soledad de la misma forma

que los humanos? Ya lo dijo von Uexküll: la lástima de esta vida es no poder saber jamás

lo que es ser otro. En todo caso, hay algo conmovedor en este animal que recorre

incesantemente el mar en busca de una respuesta que quizás nunca llegará.

 
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